Verdaderamente es venerable aquella ancianidad que no por las canas, sino por los méritos, blanquea.
La palabra de la ancianidad es muchas veces oráculo.
El ocaso de una gran esperanza es como el ocaso del sol: con ella se extingue el esplendor de nuestra vida.
Y siempre a la vista de todos y cada uno, del sol en plenitud, del ocaso que dibuja siluetas, mostrándose ante las luces altas de los autos que pasan, luego desaparece; aprendo a vivir con la historia. ¿Qué es la historia? Aquello que no puedes tocar.
Al envejecimiento debemos ir poniendo por dentro como el melocotón, aunque por fuera nos vayamos asemejando a una ciruela pasada. Si no ¿de que vale?
¡Levante el dedo el pueblo que no tenga que llorar hasta ahora un cúmulo de adoptados errores, y preocupaciones ciegas, que viven con el resto de sus individuos; y que exentas de la decrepitud de aquéllos, no se satisfacen con acompañar al hombre hasta el sepulcro, sino que retroceden también hasta las generaciones nacientes para causar en ellas igual cúmulo de males!
Estás pensando le dijo- que tengo una cara avejentada y cansada. Piensas que hablo de poder y que ni siquiera puedo evitar la decrepitud de mi propio cuerpo. ¿No comprendes Winston, que el individuo es sólo una célula? El cansancio de la célula supone el vigor del organismo. ¿Acaso te mueres al cortarte las uñas?
La longevidad es la recompensa de la virtud