El hombre no ha nacido para ser grande. Un mínimo de grandeza ya lo deshumaniza. Por ejemplo: un ministro. No es nada, dirán. Pero el hecho de ser ministro ya le entorpece. Es como si tuviera algodón por dentro, y no entrañas vivas.
Estaba convencido de que el Gobierno no iba a negociar, porque si lo hacía por mí, al día siguiente lo tendría que hacer por otro. Cuando me liberaron, el entonces ministro del Interior, Jaime Mayor Oreja, fue a visitarme y yo le dije que entendía que el Gobierno no hubiese negociado.