El silencio puede ser, entonces, tanto el corolario excelso de la lucidez como la bruma irremediable en la que se diluye la aptitud y a veces la necesidad de articular una idea o una emoción con la que dejar atrás el mundo de lo previsible y codificado.
El poder político genuino depende de su capacidad para expulsar o exterminar cualquier alianza previsible de individuos o grupos insumisos.
¿Es imaginable un ciudadano que no posea un alma de asesino?
Pero una vez que el pueblo fue poseído por estos hombres espirituales, no hubo ya remedio humano imaginable que pueda aplicarse.