La buena crianza nos exige que no hablemos a las personas de lo que no entienden, de lo que no les interesa; que no aburramos al prójimo con las preocupaciones de nuestro egoísmo haciéndole prestar atención a nuestras gracias, aventuras y milagros.
Desde entonces nunca más he vuelto a prestar atención a los expertos. Lo compruebo todo por mí mismo.