Incluso un ateo puede estar de acuerdo en que un buen vino es la bebida de los dioses.
A no ser por la mirada de sus ojos, feroces por naturaleza, y por su corpulencia de criminal, hubiera creído tener ante mí a uno de esos trabajadores del puerto que se llaman vagoneros, hombres muy aficionados a la bebida y feroces para el amor en los días de fiesta.
Un buen trago de whisky al acostarse, no es muy científico, pero ayuda.
La gente cree que los cincuentones hacemos cosas súbitas y sorpresivas para ahuyentar al fantasma de la vejez: comprar motocicletas para devorar carreteras, divorciarse inopinadamente y cortejar jovencitas de 18 años, iniciarse en el camino de los placeres homosexuales, consumir alcaloides como músico de heavy metal, tirarse al abismo del trago consuetudinario.